Martes, 25 de agosto de 2009

La cenicienta de la iglesia es la oración. Esta criada del Señor es
despreciada y desechada porque no se adorna con las joyas del
intelectualismo, ni las brillantes sedas de la filosofía, ni con la
impresionante tiara de la psicología. Lleva los delantales de honesta
sinceridad y humildad. No teme arrodillarse.
El defecto de la oración, humanamente hablando, es que no se apoya en
la eficiencia mental. (Esto no quiere decir que la oración sea la aliada de
mentes enfermas, sino que en éstos sólo se aprecia la eficiencia
intelectual.) Pero la oración requiere una sola cosa: espiritualidad.
No se necesita indispensablemente la espiritualidad para predicar, esto
es, para dar sermones con perfección homilética y exactitud de exégesis.
Mediante una buena dosis de memoria, ciencia, ambición personal,
desparpajo y una buena biblioteca bien cargada de libros, el pulpito
puede ser conquistado por cualquiera en nuestros días. La predicación
de este tipo puede influenciar a los hombres, la oración influye con Dios.
La predicación afecta al tiempo, la oración a la Eternidad. El pulpito
puede ser un escaparate para exhibir nuestros talentos; la oración
significa lo contrario a exhibicionismo.
La tragedia de estos últimos tiempos es que tenemos demasiados
predicadores muertos en los pulpitos dando sermones al pueblo. ¡Qué
horror! Una extraña cosa he visto «debajo del sol»: que aun en círculos
fundamentalistas se predica sin unción. ¿Qué es unción? Apenas lo sé.
Pero sé lo que no es (o por lo menos sé cuándo no está sobre mi propia
alma). Predicar sin unción mata en lugar de dar vida. El predicador falto
de unción es «sabor de muerte para muerte». La palabra no se hace viva
a menos que la unción divina esté sobre el predicador. Por lo tanto,
predicador, sobre todas las cosas buscadas, busca unción. Hermanos,
podríamos bien apañarnos siendo solamente medio intelectuales (de la
intelectualidad moderna) si fuéramos doblemente espirituales. Predicar
es un negocio espiritual. Un sermón nacido de la mente alcanza
simplemente la mente; un sermón nacido en el corazón, alcanza el
corazón. Con la bendición de Dios un predicador espiritual producirá
gente espiritual. Pero la unción no es una paloma que bate sus alas
contra los cristales para entrar en el alma del predicador, sino que tiene
que ser perseguida y alcanzada. La unción no puede ser aprendida cual
arte, sino que debe ser ganada y conseguida por oración. La unción es la
medalla divina concedida al predicador que como soldado ha luchado en
oración y obtenido la victoria. La victoria no se obtiene en el pulpito
disparando descargas intelectuales, sino en el retiro de la oración. Es
una batalla ganada o perdida antes de que el predicador pise el pulpito.
La unción es cual dinamita. La unción no viene por las manos del obispo,
ni queda disipada cuando el predicador es puesto en prisión. La unción
penetra y derrite, endulza y ablanda. Cuando el martillo de la lógica y el.... .Descargar libro>>>>


Tags: libros

Publicado por luismquiros @ 16:51
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